La comunidad del seminario

La vida comunitaria es un instrumento ineludible en la formación de quienes deberán, en el futuro, ejercitar una verdadera paternidad espiritual.

D. Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo

Queridos hermanos y hermanas:

La vocación sacerdotal es fruto de la iniciativa divina. Dios es quien llama. En sus cartas, san Pablo, ejemplo paradigmático de la vocación apostólica, se describe a sí mismo como el menor de los apóstoles, de manera que no se considera digno de ser llamado apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Sin embargo, a renglón seguido afirma: Por gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí”. Con estas palabras, el Apóstol ilumina la experiencia de toda vocación sacerdotal, que es un don de Dios, que transforma la vida del que es llamado, para ponerla al servicio de la obra redentora de Cristo.

Por sus cartas, sabemos que Pablo se sentía poco dotado para la elocuencia y que compartía con Moisés y Jeremías la falta de dotes oratorias. Su presencia física es pobre y su palabra despreciable, decían de él sus adversarios. Los extraordinarios frutos apostólicos que cosechó no se deben a la brillantez de sus discursos o a refinadas estrategias misioneras. Se deben a su entrega total a Cristo, que no temía peligros, dificultades ni persecuciones.

Todo comenzó en el camino de Damasco. Allí reconoce haber visto al Señor. Allí tuvo lugar su encuentro decisivo con Él. Es ésta la experiencia fundante de su vocación. Pablo reconoce que ha sido llamado, casi seleccionado por Dios, con vistas al alegre anuncio del Evangelio. Es el Señor quien le ha llamado para hacerle apóstol, no la propia presunción.

Pablo tiene conciencia además de ser apóstol, enviado por Jesucristo, embajador y portador de un mensaje. Por ello, se define a sí mismo como “apóstol de Jesucristo” (1 Co 1,1; 2 Co 1,1), delegado suyo y totalmente a su servicio, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal. Su destino es el anuncio del Evangelio y la edificación de comunidades vivas.

La vocación, no constituye, pues, un honor. Compromete dramáticamente la existencia de la persona que es llamada a ser instrumento dócil al servicio de Jesucristo. Por esta razón, el enviado deberá correr la misma suerte que el mensaje que anuncia, recibido, hoy como en tiempos de Pablo, con rechazo e incomprensión, como escándalo y necedad. Sin embargo, a pesar de que pueda llegar a sentirse como la basura del mundo y el deshecho de todos, y a pesar de todos sus sufrimientos y contrariedades, el enviado, el apóstol, tendrá siempre la alegría de saberse portador de la bendición de Dios y de la gracia del Evangelio.

Necesitamos sacerdotes que respondan a la llamada de Dios con la entrega y la fidelidad del Apóstol. Necesitamos jóvenes valientes, que estén dispuestos a ofrecer sus vidas al servicio del Evangelio, de la iglesia y de sus hermanos. Dios sigue llamando. Busca colaboradores fieles que participen de la misión sacerdotal de Cristo. La crisis vocacional que asola a Occidente no es crisis de llamada, sino de respuestas. De ahí nuestra responsabilidad a la hora de suscitar vocaciones, sostenerlas y acompañarlas.

Pongo la intención mayor de las vocaciones, en las manos maternales de Santísima Virgen de los Reyes. Para todos, y muy especialmente para los seminaristas y los jóvenes, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla